Dr. Ramón Sierra, un experto en dolor y un amigo
Hoy tenemos la satisfacción de traer a este blog un artículo de nuestro amigo el Dr. Ramón Sierra, experto en dolor, de Córdoba (España), recientemente jubilado que continúa activo, ofreciendo su experiencia y su temple en reuniones y congresos.
Ramón, además de médico humanista, de los que quedan pocos, tiene aficiones profundas como la caza y sus escritos y artículos llenos de sensibilidad.
Ramón nunca se jubilará como persona.
El Otoño
La jubilación, por edad, tiene mucho de despedida. Es la hora del adiós, donde comienza un viaje que no tiene retorno. Ahora solo exsiten recuerdos que afloran ininterrumpidamente y que te permiten efectuar un balance entre pasado y presente.
Viene acompañada por un nuevo resurgir de aquellos versos de Machado que recitabas en una primavera, tal vez, demasiado próxima pero acabada hace ya demasiado tiempo.
al andar se hace camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar
En este momento, a pesar de encontrarme rodeado de amigos que, después de toda una vida unidos todavía no han llegado a comprender tu duda e intentan hacete más grata la despedida, no saben que comienzas un nuevo camino tan grandioso como sórdido y cruel.
Deambulas, como escribía Dante, por una selva oscura en busca de la puerta tras la que se encuentra tú destino final, a la espera del relámpago que te deje dormido para transportarte a la otra orilla mientras se aparecen ante ti con luces de fuego palabras que te indican el final del viaje:
Por mi se llega a la ciudad doliente
Por mi se llega hasta el dolor eterno
Por mi se va entre la perdida gente
Movió justicia a mi Hacedor Supremo
Hiciéronme Divinas potestades,
El Saber Sumo y el Amor primero,
No fue cosa creada de mi antes.
Sino lo eterno. Y yo eterno perduro
¿DEJAD TODA ESPERANZA, LOS QUE ENTRÁIS!
Y notas que se constriñen tus pulmones hasta casi dejarte sin respiración. Es como escuchar el Requiem de Mozart sentado en solitario en uno de los bancos centrales de la Catedral de Saint Denis en penumbra y rodeado de sepulcros de piedra. Y mientras escuchas los armónicos compases de la orquesta levitas en compañía de los millones de partículas que flotan entre los rayos de luz que atraviesan los orificios abiertos en los ventanucos del ábside.
Agradeces a tus amigos una compañía que consigue aminorar, aunque solo sea temporalmente, tu soledad y disminuye algo tu incertidumbre… pero eres consciente de que te encuentras SOLO. Dentro de nada solo serás un recuerdo porque ya tienes poco que ofrecer y por tanto vales casi nada. Puedes ofrecer tu consejo, producto de tu experiencia pero los consejos son gratis y algo que es regalado no representa atractivo por la mezcla de desconfianza y engreimiento de un mundo que solo se mueve por escala de valores erosionados por la ambición.
Y vagarás por los últimos metros de un sendero solitario donde la luz no brilla semejando un fantasma que levita en la oscuridad y querrás dirigirte a los demás ne un intento vano de preguntar, para después oir respuestas, pero no les interesará oirte. Querras llamar la atención mediante movimientos más o menos gráciles, pero no te querrán ver.
Y continuarás tu camino en soledad.
Y en soledad buscarás cualquier banco vacío donde sentarte para meditar mientras escuchas tus pensamientos, al pasar uno a uno tus recuerdos, a la vez que haces balance de una vida que a ritmo de aceleración positiva se acerca de forma inexorable a la orilla del río donde la barca aguarda tu llegada para transportarte más allá del discurrir de la corriente y ya notas, antes de comenzar el viaje, cierto escalofrío por inquietud a lo desconocido.
Y te dirigirás a un lugar donde no sopla el viento, no hace frío ni calor y no se oye el sonido del agua pero se escucha el estruendo del silencio. Abres los ojos desmesuradamente en un intento vano de penetrar el más allá pero es imposible visualizar nada aunque sabes qmiles de lémures te rodean.
Entonces comienzas a pensar que allí tampoco existe el menor atisbo de esperanza. Es el final del todo y el principio de la nada.
De nuevo despiertas. Vuelves a la normalidad. Y cuando consigues desterrar estos nubarrones en forma de negros pensamientos y esperas encontrar eun pañuelo con que secar tu sudor mientras intentas rememorar tu sueño, percibes que en esta orilla, a pesar de la luz y el sonido, la soledad es idéntica.
Ramón Sierra
Dr. En Medicina





































